Es un trámite,
añadió Sam.
Nada más,
confirmó Luca.
El espejo no dijo nada, pero le devolvió su imagen insignificante y arrugada como todos los días. No se reconocía entre aquellos pliegues si no era por el brillo de sus ojos, que delataba que en su interior aún era joven.
Rómulo elevó su trémula rodilla izquierda para calzarse el zapato. Con esfuerzo, pero con la determinación de quien nunca pide ayuda. Los hijos miraban hacia cualquier otro lado para hacer menos vergonzosa su decrepitud. La hoja de papel reposaba aún en el escritorio, y media hora después de que abandonaran la habitación se caería al suelo con una corriente de aire.