Sobre la armonía en la música
Hace cuatro años seguramente habría preferido hablar de la armonía en los destellos irisados de los élitros de un escarabajo, o en el mosaico de los ojos compuestos de las libélulas. Hoy, tras haber decidido cambiar el estudio de la entomología por el de la música, me es más cercano el concepto de armonía en esta última.
Aunque en estos últimos años cada nueva escucha de una obra es interpretada (por mi mente analítica en formación) como una oportunidad para reconocer patrones y resolver laberintos fugaces, con bastante frecuencia acabo usando recursos similares a los de un químico que intenta calcular la probabilidad del área de órbita de los electrones de un átomo. Las inocentes notas de la melodía me susurran su nombres, mientras bajo ellas un vasto océano armónico tiembla, se agita y ruge, indefinido y en constante movimiento.
Incluso si intento abandonarme al poder catártico de la armonía, mi subconsciente analítico no cesa en su empeño de dotar de nombre a esas bellas sucesiones de sonidos simultáneos, pues sabe que lo tienen, que su creador lo concibió así, y que está a la vista para quien sepa descubrirlo.
En mis ansias de conocimiento, con todos estos incesantes intentos persigo el ideal de alcanzar un dominio armónico total. Se puede decir que me he autoconvencido de que así, y sólo así, lograré por fin acallar el zumbido avergonzado de mi ignorancia, y eso permitirá que la armonía juegue con mi estado de ánimo y mi equilibrio mental como pretendiera el que le ha insuflado vida. El disfrute de la música ocuparía, por fin, el primer plano en mi caótica mente.
A pesar de esto, hay sin duda una magia en la relativa ignorancia con la que mis oídos perciben la armonía, o más bien en un acto que sólo puede proceder de esa ignorancia: descubrir. Llevo estudiando guitarra clásica desde los ocho años, pero no fue hasta bastantes cursos de Conservatorio después que empecé a aplicar la teoría armónica a mi práctica instrumental. Cuando toqué por primera vez, conscientemente, un acorde con tercera y séptima mayor, habían pasado seis años de mi primera clase. Su sonoridad me resultaba nueva y tenía la ligera e ilusionante sensación de haber sido su primera descubridora. Acababa de adentrarme en el mundo del jazz, y aún no conocía lo suficiente la obra de Bach como para saber que él había utilizado estas armonías ya en el siglo XVII.
Ahora, cada vez que tengo la oportunidad de presenciar la disección de la obra de algún gran compositor, siento que unas puertas secretas se abren sólo para nosotros y entramos en un mundo privilegiado, con el mágico encanto que se encuentra también tras las bambalinas de los teatros. Al fin y al cabo, esas grandes figuras de la composición no son más que magos expertos en crear ilusiones e influir sobre los oyentes a base de trucos auditivos y técnicas magistrales. Nosotros somos aprendices que vamos asistiendo a la revelación de esos recursos, para poder ofrecer nuestro propio espectáculo de magia al público algún día. El inocente público, que simplemente se deja sorprender y manipular por nuestra música.
La idea de la armonía modificadora de las emociones humanas es, como sabemos, de origen muy antiguo. En la Antigua Grecia, en torno al siglo IV a.C., Damón fue el primero en exponer la teoría del ethos, o asociación de los diferentes modos rítmicos y melódicos de la época con estados de ánimo. A partir de él, filósofos como Platón y Aristóteles coincidieron incluso en proscribir el uso de ciertos modos que provocaban emociones negativas o exaltadas en el “alma” a la hora del estudio de la música, pilar fundamental de la educación en las polis griegas. La música tenía esa doble faceta de elemento puramente hedonista y a la vez instructivo, y la armonía y los modos que la formaban eran tratados con mucho cuidado y delimitados por descripciones tan subjetivas como “apacible”, “lastimoso”, “enternecedor”. El que conocía estas cualidades y estaba versado en el rudimentario arte de la composición musical se convertía en ese prestidigitador capaz de jugar con su público, de la misma forma en que un buen sofista que dominara los recursos de la retórica podía meterse a sus contertulianos en el bolsillo.
Desde entonces la armonía ha acompañado al ser humano en su evolución y ha ido haciéndose más compleja, huyendo de clasificaciones naifs como las de la teoría del ethos, que la ha perseguido durante buena parte de la historia de la música. Sin embargo, seguimos utilizando recursos armónicos comunes, si bien infinitamente más complejos, para dar a una obra distintas dimensiones emocionales: epicidad, dramatismo, pesadumbre, angustia, ternura.
Arnold Schöenberg, en su tratado de armonía, asegura que “el alumno ha de reflexionar, pero el artista, el maestro, crea con la intuición”. Los recursos de la armonía deben ser objeto de estudio y reflexión por parte del alumno, que sólo cuando sea capaz de incorporarlos de forma natural a su idioma compositivo podrá empezar a llamarse artista.
Esta cita de Schöenberg tiene también una estrecha relación con el jazz y la improvisación. El jazz es en gran parte intuición: el groove o el swing no son elementos que puedan plasmarse en una partitura, y una improvisación de Emily Remler siempre perderá magia e interés transcrita según las rígidas pautas de nuestro sistema de notación musical. En mi caso me encuentro todavía en el proceso de asimilación de todos los recursos que necesitaré para emocionar a mis oyentes. En ocasiones siento que rozo ya el lenguaje de la música, y que poco a poco se vuelve más real mi sueño de hablarlo fluidamente.